viernes, 8 de noviembre de 2013

El fénix enjaulado

El fénix se encuentra reducido a cenizas. Nadie sabe qué le ha debido de ocurrir, pero su imagen es escalofriante y bella a la vez. Poco a poco, sus plumas rojizas encuentran la comodidad del suelo. ¿Quién le ha hecho esto al fénix?

Siempre he creído tener un pensamiento totalmente diferente del resto de las personas de mi alrededor. Veía que la gente actuaba de una forma contraria a la mía y que eso tenía que ser una señal de que yo no pertenecía a este mundo. En ese momento nadie me había enseñado cómo era la vida y lo que iba a tener que soportar.


A lo largo de mi vida me he visto como un pájaro encerrado en una jaula. Sin poder escapar de ella, pedía a gritos su libertad. Cometí muchos errores que llevaron a los cuidadores de mi jaula a abrirme la puerta y dejarme salir volando. 


Supongo que aterricé mal. Rodeado de gente completamente diferente a la que yo conocía, volví a encontrarme solo. Cogí fuerzas quién sabe de dónde, y me preparé para un vuelo en soledad. Sabía que quizás así podría encontrar a un acompañante...


Y ocurrió. Trabajé duramente, me esforcé muchísimo... Se posó junto a mí una tarde de verano. Coincidimos en el mismo árbol, ya que en él había frutos muy jugosos. Al principio me puse muy nervioso porque ya había oído hablar de ella; me saludó y se marchó. A partir de aquí no dejamos de vernos en ese árbol.


Pero entonces tuve que marcharme hacia otras tierras más cálidas, en las que poder sobrevivir. No solo se vino conmigo, sino que anidó cerca de mí. Yo estaba contentísimo: ¡por fin las cosas marchaban bien!


Supongo que por eso no lo valoré lo suficiente. Era tan consciente de que cualquier error destruiría aquel nido tan bonito que habíamos creado, tan alejado de la realidad... Nos alimentábamos de sueños, y nos resguardábamos de las noches de frío abrazándonos. Supongo que nunca habéis visto a dos fénix abrazándose, ¿no? Es un espectáculo digno de ser visto. Es aquí cuando ocurre la imprimación: uno queda completamente impregnado del otro, y viceversa.


Pero un día aquel nido se destruyó. La razón por la que ocurrió es que no supe proteger el nido de una tormenta, en pleno invierno. Lloré y lloré, pero mis lágrimas solo sirvieron para curar heridas en el hospital más cercano. 


Me replanteé mi vida. ¿Qué es mejor, vivir de los sueños o vivir la realidad? Lo pensé detenidamente y llegué a la conclusión de que es mejor soñar que darse de cabeza con la pared una y otra vez. Rechazo la realidad, no me gusta.


No obstante, no me importa vivir esta vida. Sé que mi acompañante sufrió mucho por mí y por el nido, y se ofreció a reconstruirlo. Acepté porque dentro de mí se estaba forjando un sentimiento: "si después de tantas cosas ocurridas, ella sigue estando aquí, te quiere. No vuelvas a fallarle." Es maravilloso ver cómo dos fénix salen en busca de un futuro juntos.


Lo más bonito de todo es ver cómo se abrazan mientras se convierten en cenizas. Sabes que volverán a resurgir de ellas, juntos, y que por muchas cosas que ocurran nadie podrá evitar que esto suceda.

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